La Congregación de las Hermanas de la Caridad de Santa Ana nace en Zaragoza en el 1804.

Sus orígenes se remontan al Hospital de la Santa Cruz de Barcelona donde un grupo de voluntarios emprenden con dedicación la labor de atención y cuidado de los más desfavorecidos convirtiéndose un Hospital del S. XVIII en casa de acogida para los huérfanos, espacio de recuperación para los enfermos, lugar de tratamiento para enfermedades de salud mental o espacio de maternidad para madres solteras. Un espacio donde se concentraban todas las obras sociales que conocemos hoy en día.                                 

En este marco encontramos a un sacerdote, el padre Juan Bonal, capellán del Hospital que está coordinando la labor de estos voluntarios, comprometidos con la aflicción de los enfermos.  

En Zaragoza, el Hospital de Nuestra Señora de Gracia anda buscando mejorar la atención de la Casa y el 28 de diciembre de 1804, María Rafols junto con un grupo de hermanos y hermanas dejan tierras catalanas para responder a las necesidades del Hospital Real y General de Ntra. Sra. De Gracia.


Durante 37 años María Rafols se encarga de la Inclusa en el Hospital. En esta dura misión María Rafols descubre e inicia, no sólo un servicio asistencial, sino  una pequeña gran misión: acompañar a los niños en situación de desamparo y en el despertar e interiorizar aspectos básicos de su desarrollo personal.


Pasan muchos años llenos de vicisitudes, la guerra, crisis y demás situaciones que hacen fortalecer y mantener el espíritu de entrega, fortaleza y dedicación de las hermanas. En algún momento la hermandad se compone únicamente de cinco Hermanas; las salidas se suceden, la incertidumbre es muy fuerte. Es el tiempo de la promesa.


En la Inclusa del Hospital de Ntra. Sra. de Gracia de Zaragoza y en la Misericordia de Huesca, fundada en 1807 para  niños  adolescentes y jóvenes, se inicia la andadura educativa de las Hnas. de la Caridad de Sta. Ana.


El 1824 es un año feliz. El sueño se ha cumplido; son una congregación religiosa. Se aprueban las Constituciones y cuatro Hermanas profesan públicamente, al año siguiente, sus votos perpetuos.


En 1865, la Congregación pasa a denominarse "Hermanas de la Caridad de Santa Ana", como muestra del cariño que desde los inicios se profesa a la madre de María de Nazaret.







NUESTROS FUNDADORES


A Madre Rafols y Padre Juan, nuestros fundadores, les hubiera bastado unas líneas para elaborar su currículo, tan sencillo como sublime. La Historia lo quiso así y Dios se asomó a la Historia: dos personas prendidas de sueños que un día se encuentran y se unen para amar a los hermanos, acoger desde la compasión el dolor y la miseria en un mundo convulso y necesitado de misericordia. (Encontrareis su biografía en www.chcsa.org).




Nuestros símbolos

A principios del siglo XI (1044 aproximadamente), el rey D. García de Navarra se encontraba en Nájera (Logroño), preparando la Reconquista de Calahorra. Yendo un día de caza, se internó en la espesura y llegó hasta una cueva. Penetró en ella y encontró en su interior una imagen de la Virgen, escondida probablemente por los cristianos fugitivos ante el avance musulmán: Junto a la imagen había una jarrita con azucenas.


El rey mandó construir en aquel mismo lugar un monasterio al que llamó “Santa María la Real”, instituyendo allí una Orden de Caballería, con la insignia de una jarra de azucenas sobre el manto blanco de los caballeros. Esta Orden fue protegida por todos sus sucesores en siglos posteriores. Y cuando en 1425 el rey de Aragón, Alfonso X el Magnánimo, fundó el Real Hospital General de Nuestra Señora de Gracia, le dio como escudo la divisa de la jarra de azucenas.




En 1804, Madre María Rafols y las primeras Hermanas acudieron a dicho Hospital para hacerse cargo del cuidado de los enfermos. De este modo, por haber tenido nuestra Congregación aquí su origen, les fue concedido poder utilizar, como propio, el escudo del Hospital.

En 1808, al producirse la invasión napoleónica y la consiguiente Guerra de la Independencia, el Ayuntamiento de Zaragoza concedió a las Hermanas, por su heroísmo, llevar en el escudo el laurel, símbolo de la victoria sobre los franceses, y la palma, emblema del martirio, ya que, apenas nacida la Congregación, nueva de las Hermanas fundadoras, murieron víctimas de la caridad.


El Carisma de la Congregación

El Carisma de la Caridad  hecha Hospitalidad marcó la identidad de Mª Rafols, Juan Bonal y su pequeña Hermandad. Identidad que expresa los rasgos concretos con los que vivieron el amor.

La ACOGIDA es el primer gesto de la Hospitalidad, acogida que se hace con cercanía y sencillez para acoger  al que llega y ofrecerle , con lo mejor de sí mismo, lo mejor de su casa.

Acogida que se acompaña de un “diligente cuidado”, de un SERVICIO hecho ENTREGA PERMANENTE, con “todo detalle”, “con el mayor amor”. Es un amor sin fronteras, a todas las personas y en todas las dimensiones de la persona.

Hospitalidad que implica VALORACIÓN DE LA PERSONA, de cada persona, de todas las personas, prefiriendo especialmente  A LOS MÁS POBRES , compartiendo con ellos lo que somos y tenemos. Rasgos que se viven con sencillez y humildad, siendo contemplativas en la acción.


Estos rasgos de la Hospitalidad son los que han ido marcando los valores, las prioridades, los matices, son los que han ido configurando, identificando, los que dan línea, color y calor, IDENTIDAD  a nuestros centros.


Misión educativa de las “Anas”, hoy.


El tiempo y la vida han hecho historia, la pequeña Hermandad nacida en el Hospital de Gracia, las Hermanas de la Caridad de Sta. Ana, las “Anas”, siguen respondiendo, desde su misión educativa al clamor de los pobres y de los jóvenes del mundo.


Nuestra misión educativa consiste en “colaborar en  la formación de la persona para que sea agente de su propio desarrollo, alcance la madurez humana, opte libremente por la fe y se comprometa en la construcción de una sociedad más justa y fraternal basada en  la verdad, la paz y el amor “ (C.Propio, p.13)


En Nuestro mundo desencantado y roto, marcado por las grandes diferencias económicas; por  una sociedad globalizada y competitiva , en la que la interculturalidad es una realidad rica y compleja, en la que las nuevas tecnologías aportan nuevas formas de aprendizaje y de adicción, en la que se generalizan nuevos modelos de familia , redescubrimos la misión educativa como tarea ardua, difícil, pero apasionante. La vivimos como don, compromiso, misión compartida, proyecto colectivo de caminar hacia un mundo distinto y mejor para todos.


En la actualidad, las Anas estamos en los cinco continentes con cerca de 100 colegios.. Pero nuestra presencia  se abre a otras formas de acción socio-educativa . Estamos en programas con chicas de la calle en la India, con niños en riesgo de exclusión social en  España y América, con los “rascals”, jóvenes de la calle en Papúa Nueva Guinea, con jóvenes indígenas en Guatemala, en programas de promoción de la mujer en América y África…


Son las múltiples pequeñas formas de una misión educativa orientada siempre desde la preferencia por los más “desvalidos”, desde el anuncio liberador de que Dios ama a cada persona y la llama a crecer y vivir con dignidad.